Soy Químico Agrícola de profesión y durante mis años de experiencia profesional tuve que incursionar en la enseñanza ya que debía capacitar personas en el manejo de plaguicidas , operación de huertas, etc. Desde entonces me quedó claro que trasmitir una información requiere de entablar una buena comunicación ya que de lo contrario no se obtienen los resultados esperados.
Con el paso de los años busqué otra actividad laboral y es así que llegué a desempeñarme como docente en el nivel medio superior en 1987.En mis inicios creía que la sola experiencia adquirida era suficiente para cumplir con esta responsabilidad. Sin embargo, no era lo mismo comunicarse con 2 o 3 personas que con grupos de 30 o 40 alumnos. No bastaba el conocimiento. Hacía falta algo.
Con el tiempo se da uno cuenta que transmitir ese conocimiento de forma dosificada y ordenada requería de una buena relación maestro-alumno, de una idea clara de los objetivos que se pretenden alcanzar y de cómo conseguirlos, pero sobre todo, de conocimiento pedagógico que pudiera amalgamar lo anterior y lo convirtiera un puente de interacción entre el emisor y el receptor. Además de esto, había que ser amigo, psicólogo, confidente, doctor, guía, etc. En una palabra, maestro.
Esta relación con los alumnos (no con todos, por supuesto) brinda muchas satisfacciones: dar un consejo a tiempo; una llamada de atención oportuna; un préstamo que nunca regresará; acompañarlos en sus penas y compartir sus alegrías, etc., nos hace ser parte de ellos como ellos de nosotros. Esta relación es bien diferente a otras relaciones como las de médico-paciente, abogado-cliente, sacerdote-feligrés, etc. por la sencilla razón de que el tiempo de convivencia entre éstos no se compara al que se comparte entre maestro-alumno y tampoco hay un verdadero acercamiento entre personas. El maestro, el buen maestro, deja marcas en el alma, huellas en el corazón y recuerdos en la mente. Si esto no fuera suficiente deja también conocimiento.
Sin embargo, así como hay satisfacciones, también se pueden presentar las insatisfacciones. Algunas de ellas son de total responsabilidad del maestro por su falta de compromiso ante el grupo, con la asignatura que imparte o con su trabajo mismo, lo cual lo deja en condición de simple profesor que avienta al aire conceptos y definiciones sin tener real conocimiento o convencimiento de lo que hace y que le genera cierto grado de frustración temporal. Considero que muchos de los maestros en algún momento de nuestro actuar hemos caído en situaciones así porque también somos humanos, tenemos problemas y no somos ajenos al mundo que nos rodea.
Otras insatisfacciones son debidas a que aun cuando el maestro tenga la experiencia, disponibilidad e interés de generar cambios, todo esto choca y se hace pedazos cuando se atraviesa con una mala administración, con pésimos dirigentes, con confusos programas oficiales, con reformas educativas que cambian semestre a semestre y confunden, con contrarreformas, con la apatía de los alumnos, etc. . En estos casos queda ese sabor amargo que enfría los ánimos, frena los ímpetus, acerca al conformismo y provoca desidia. Cada cabeza es un mundo y los maestros también pensamos todos diferente. En mi caso particular también he tenido muchas de estas reacciones aunque las he superado porque considero que no debo cargar con las ineficiencias de otros y que mi relación con los compañeros de trabajo o sobre todo con los alumnos se vea afectada por ello. De las insatisfacciones mías yo me hago responsable.
Saludos.
Héctor Hugo
Hola Hugo, coincido con tus comentarios de dejar atrás a las personas y actitudes negativas, que obstaculizan la labor educativa, y ocuparnos de los jovenes que quienes necesitan una formación competente. Te mando un fuerte abrazo.
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